Roberto Piñón Olivas
La
reforma electoral de 2026, bautizada como plan B, se presenta ante la
nación como el "segundo piso" de una transformación que busca
desterrar privilegios, pero al contrastar el discurso oficial, particularmente
el de Pablo Gómez, presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma
Electoral, entrevistado en el Financiero Televisión, con los datos técnicos y
la realidad constitucional, emergen contradicciones que sugieren que el ahorro
es envoltorio de un rediseño centralizador.
Pablo
Gómez defiende empatar la revocación de mandato con las elecciones de 2027
bajo el argumento de "facilitar el quórum" y evitar que la oposición
induzca a la abstención. No obstante, la intención estratégica no es otra, que subir
a la Presidenta a la boleta para que su popularidad funcione como un imán de
votos para Morena.
Mientras
se predica la equidad, el plan B planteaba reformar el Artículo 35 para
permitir que la persona sujeta a revocación pueda "promover el voto a
su favor", rompiendo el piso parejo en plena contienda federal.
Quieren -porque Pablo anticipa que vendrá después de nuevo la propuesta- el 70%
de aceptación que las encuestas le dan a la Presidenta, en la boleta.
Por otro
lado, Pablo Gómez
sostiene que el federalismo se "fortalece" al eliminar la capacidad
de los estados para negociar sus propios privilegios; nada más lejos del estado
moderno democrático y descentralizado, con contrapesos.
Hay una "clara
intromisión" en el régimen interior de las entidades, al dictar desde
el Centro el tope presupuestal del 0.70% para los congresos estatales y al
establecer el límite de regidores.
La
Federación trata a los estados como "simples extensiones
administrativas", un estado centralista y autoritario, que nada pierde al
gobierno de Santa Anna, Porfirio Diaz o Nicolas Maduro.
La
narrativa oficial en voz estertórea y dogmática de Pablo, busca que la "élite
política partidista" deje de concentrar poder y recursos excesivos.
No
obstante, el análisis del costo por diputado en las entidades federativas, revela
una profunda inequidad, porque el plan B obliga a recortes devastadores en
estados pobres como Tlaxcala, con reducción del 93.9%, pero protege
el gasto de la Ciudad de México, donde cada legislador tiene un costo de 32.7
millones de pesos, legalizando así la opulencia en el corazón del
oficialismo.
Queda
claro donde nació la ocurrencia del .70%, de la simple aritmética de dividir el
número de legisladores existentes en la ciudad de México, contra su presupuesto
estatal. Que genios.
En esa
extensa entrevista en la cual Pablo Gómez no pierde oportunidad de fustigar al entrevistador,
califica de "conservadora" la actitud de sus propios aliados,
el PT y el PVEM, por resistirse inicialmente a la reforma de representación
popular.
Sin
embargo, el plan B es, en sí mismo, el producto de una negociación forzada
donde estos partidos satélites lograron preservar sus prerrogativas clave y su
supervivencia política a cambio de apoyar el nuevo paquete. Es una coalición
que Gómez tilda de "leal", a pesar de que sus integrantes fueron
acusados de defender privilegios minutos antes.
El
discurso oficial apela a que la mayoría "mal haría en no aplicar su programa",
pero la teoría política, en voz de un clásico como Norberto Bobbio es
contundente, al señalar que si una mayoría utiliza su poder para abolir los
controles y las reglas que permiten la alternancia, el sistema deja de ser
una democracia para convertirse en otra cosa.
Una reforma
que altera el federalismo y la competencia equitativa bajo el disfraz de la
austeridad corre el riesgo de ser, el inicio de una etapa de centralismo
autoritario, con partido de estado y una inversión millonaria en dádivas
electorales disfrazadas de ayudas sociales.
El plan B
rechazado -y el nuevo autorizado aún con matices- no era un ajuste técnico; es
un rediseño del control político. Si la democracia debe ser "menos
costosa", no debería ser a costa de su propia integridad institucional.
Lo que
está en juego no son solo unos millones de pesos, sino la vigencia del pacto
federal y la equidad que sostiene la precaria normalidad democrática.
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