Roberto Piñón Olivas
Durante seis años, la narrativa oficial en México sostuvo un rechazo categórico al fracking basándose en un compromiso político que es más un dogma que una estrategia técnica.
El reciente dictamen de un comité de 54 especialistas
presentado al gobierno de Claudia Sheinbaum clarifica que la realidad técnica y
la urgencia de soberanía energética han terminado por imponerse sobre la
cerrazón ideológica.
La postura de "el fracking no" fue un eje central
del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, quien incluyó este veto como su
compromiso número 75. No obstante, esta negativa ocurrió mientras México caía
en una dependencia brutal, traducida en la importación del 75% del gas natural
que consumimos, principalmente de Estados Unidos.
Mientras el vecino del norte alcanzaba un liderazgo global
en producción gracias a la explotación de recursos no convencionales (fracking),
México observaba desde la barrera, cediendo competitividad por motivos "ideológicos".
El dictamen del Comité Científico sobre Soberanía Energética
revela lo que el sentido común ya dictaba, la técnica es viable bajo condiciones
específicas, en las cuencas de Burgos (Tamaulipas) y Sabinas-Burro-Picachos
(Coahuila y Nuevo León), regiones que albergan gran parte de los 141.5 billones
de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales del país.
La "cerrazón" de años anteriores ha dejado a
México rezagado en la exploración de estas técnicas que pudieron haber mitigado
la dependencia externa mucho antes.
Uno de los puntos más críticos —y que el comité científico
ha venido a "descubrir"— es la gestión del agua.
En un norte del país azotado por la sequía, el uso de agua
dulce para la fracturación hidráulica era, en efecto, un despropósito lógico,
pero ahora, gracias a 54 científicos descubrimos que es necesario prohibir el
uso de agua dulce destinada al consumo humano o la agricultura y utilizar
exclusivamente agua salada.
El viraje de la administración actual, que ahora pide ver
esta técnica con "ojos de soberanía", es indudablemente un
distanciamiento absoluto de las políticas previas, con ropaje científico para
justificarse.
La realidad es que seguir
postergando el desarrollo con base en creencias sin fundamento científico es
inaudito.
La ciencia no solo ofrece rutas para la mitigación ambiental,
como el reciclaje del 75% del agua empleada o el uso de sustancias
biodegradables, sino que proporciona la base objetiva para que el país deje de
ser un espectador en el mercado energético global.
Negarse a la evidencia durante todo un sexenio y comenzar
apenas a analizar el tema a mitad de camino del siguiente, es el costo de haber
priorizado el discurso político sobre la razón técnica, aunque para ello se
haya requerido a 54 científicos -pagados por el erario público- que
descubrieron casi casi el agua hervida.