Roberto Piñón Olivas
El Estado
no es simplemente un aparato administrativo; es una sociedad humana
estructurada por un orden jurídico con un fin ético: el bien público
temporal. Sin embargo, la historia nos enseña que cuando las reglas para
obtener el poder se modifican unilateralmente por quienes ya lo ostentan, el
Estado corre el riesgo de degenerar en lo que la teoría clásica llama totalitarismo.
Desde la
perspectiva de Francisco Porrúa Pérez, el Estado se justifica en la medida en
que asegura el orden, la paz y el respeto a la dignidad y libertad de la
persona. La reforma electoral de 2026 plantea un rediseño profundo: reduce el
financiamiento a partidos, regula la inteligencia artificial y busca
democratizar el Poder Judicial mediante el voto popular.
Si bien
estas metas parecen buscar el bien común, la Teoría del Estado advierte que el totalitarismo
comienza cuando el individuo se convierte en un simple "medio" para
los fines absolutos de la maquinaria estatal.
Uno de
los pilares del Estado moderno es el pluralismo. La teoría señala que la recepción
de los partidos en el régimen constitucional fue una respuesta a los regímenes
que ignoraban la diversidad de opiniones.
Al
proponer un sistema donde los "mejores perdedores" ocupen escaños y
se reduzcan los recursos para la oposición, existe el peligro de transitar
hacia un monismo político, donde una sola fuerza absorbe la
representación nacional, debilitando la alternancia que ha caracterizado la
transición democrática mexicana.
Austeridad
vs. Autonomía La
Teoría del Estado define al "Estado de Derecho" como aquel donde el
poder está normado por la justicia y limitado por la Constitución. La autonomía
financiera y administrativa de órganos como el INE es, por tanto, una barrera
técnica contra la arbitrariedad.
Cuando la
reforma impone límites salariales y recortes presupuestales bajo la bandera de
la austeridad, la teoría sugiere que se debe vigilar que esto no sea una forma
de autolimitación ficticia que termine por someter al árbitro electoral
a la voluntad del gobernante en turno.
La
verdadera democracia, según la doctrina clásica, es aquella que armoniza el
poder con la libertad personal. Ante propuestas que pueden concentrar el mando
y diluir los controles jurisdiccionales (como los cambios en los cómputos distritales
o la eliminación de senadurías proporcionales), la ciudadanía debe recordar que
las reglas de la democracia pertenecen a todos, no solo a la mayoría
circunstancial.
Un Estado
sin derecho es solo fuerza bruta; un Estado con una reforma que debilite sus
contrapesos corre el riesgo de perder su alma democrática.
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