Roberto Piñón Olivas
Imagine por un momento que vive en una casa donde solo una persona decide
qué se come, a qué hora se apagan las luces y qué programas se ven en la
televisión.
Al principio, podría parecer ordenado, pero pronto sentiría que su voz no
cuenta, que sus gustos no importan y que usted es solo un mueble más en esa
casa. Esa sensación de asfixia es lo que ocurre cuando la hegemonía
—el dominio de una sola visión— aplasta al pluralismo, que es
la convivencia de muchas voces.
Desde la perspectiva de la Teoría del Estado, el Estado no
es un monstruo frío ni una maquinaria de cables y engranajes; es, ante todo,
una sociedad humana.
Es un grupo de personas como usted y yo, establecidas en un territorio, que
deciden organizarse bajo reglas comunes para alcanzar lo que el maestro
Francisco Porrúa Pérez llama el bien público temporal.
El fin supremo de cualquier gobierno no es acumular poder, sino ayudar a que
cada individuo alcance su propio perfeccionamiento.
A esto se le llama suplir la indigencia social del hombre.
Como seres humanos, no nos bastamos a nosotros mismos; necesitamos de los demás
para vivir, para crecer y para ser libres.
Aquí es donde entra el conflicto entre el pluralismo y la hegemonía. El
pluralismo reconoce que, como somos diferentes, tenemos necesidades y sueños
distintos. La hegemonía, en cambio, intenta imponer una sola receta para la
felicidad de todos.
La teoría nos advierte que cuando el Estado se olvida de que existe para
el hombre y empieza a creer que el hombre existe para el
Estado, caemos en el transpersonalismo. En este
error, las personas se convierten en simple "carne de cañón" o en
piezas de una maquinaria estatal que busca fines absolutos, olvidando la
dignidad personal.
En la antigüedad, existía algo llamado monismo político-religioso,
donde no había distinción entre lo que mandaba el gobernante y lo que dictaba
la religión; era una sola voluntad total. El mundo moderno superó eso gracias
al dualismo y, más tarde, a la democracia, que entiende que el
poder debe estar repartido.
Cuando una sola fuerza política busca la hegemonía total, estamos regresando
a una forma de monismo. La historia nos enseña que los regímenes que intentan
sustituir el juego de los partidos políticos por una sola voz oficial suelen
derivar en autoritarismos que impiden el desarrollo de una opinión
pública libre.
Porrúa Pérez en su libro Teoria del Estado, es claro: la verdadera
democracia es aquella que armoniza el poder con la libertad personal
y permite que los partidos políticos funcionen libremente dentro de los cauces
de la ley.
¿Por qué nos da miedo que alguien tenga todo el poder? Porque el Estado,
aunque es necesario, es también una realidad compleja que nos rodea y nos
absorbe. Si no tiene límites, se vuelve un Estado despótico.
Por eso hablamos del Estado de Derecho, donde el poder no es
un simple fenómeno de fuerza bruta, sino una actividad que debe estar normada
por la justicia.
La sumisión del Estado al Derecho es intrínseca a su naturaleza; un Estado
sin leyes que lo limiten es solo fuerza pura. El pluralismo actúa como un
control natural: cuando hay muchas fuerzas políticas, se vigilan entre sí, se
obligan a dialogar y, lo más importante, aseguran que ninguna minoría sea
pisoteada por una mayoría circunstancial. El fundamento ético del Estado reside
en asegurar el orden, la paz y el respeto a la libertad de la persona humana.
Un concepto clave para entender por qué la hegemonía es peligrosa es el Principio
de Subsidariedad. Este principio dice que el Estado no debe hacer lo
que los ciudadanos pueden hacer por sí mismos o a través de sus comunidades
naturales, como la familia o las empresas. El Estado debe coordinar,
ayudar o suplir, pero nunca suplantar la iniciativa privada ni la
libertad de asociación.
Cuando un sistema busca la hegemonía, tiende a querer controlarlo todo: la
economía, la cultura y hasta la forma en que pensamos. El pluralismo, en
cambio, defiende que existan espacios donde el Estado no entre, respetando la
autonomía de las personas en su esfera espiritual y privada.
La crisis del Estado moderno suele ser una crisis de confianza. A veces, por
buscar soluciones rápidas, nos sentimos tentados por líderes que prometen orden
a cambio de nuestra voz. Sin embargo, la verdadera democracia
no es solo una técnica de votación; es un sistema basado en la dignidad del
hombre como un ser con fines trascendentes.
Defender el pluralismo frente a la hegemonía no es defender el caos, es defender
nuestra propia humanidad. Es recordar que el Estado es un ente de
cultura creado por nosotros y para nosotros. Al final del día, el
Estado más perfecto no es el que tiene la voz más fuerte, sino el que sabe
escuchar todas las voces para construir un hogar donde todos, sin excepción,
podamos vivir bien.
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