Roberto Piñón Olivas
La historia de la relación entre México y Estados Unidos está marcada por un
inicio turbulento, definido por las ambiciones territoriales del vecino del
norte y la lucha de México por preservar su soberanía.
Desde que México obtuvo su independencia en 1821, la mirada de los Estados
Unidos estuvo puesta en los vastos y poco poblados territorios del norte
mexicano.
A principios del siglo XIX, Estados Unidos adoptó una política exterior
basada en el expansionismo y el poder, mientras que México
centraba sus esfuerzos en defender su integridad territorial.
Un personaje clave en este periodo fue Joel R. Poinsett, el primer ministro
estadounidense en México, quien no solo buscaba acuerdos comerciales, sino que
tenía instrucciones secretas para negociar la compra de Texas.
Poinsett se involucró tanto en la política interna mexicana, organizando
logias masónicas para influir en el gobierno, que finalmente fue expulsado del
país.
El conflicto más grave surgió con Texas. Aunque México permitió el
asentamiento de colonos anglosajones bajo ciertas condiciones, estos pronto
buscaron autonomía y la expansión de la esclavitud, la cual ya había sido
abolida en México.
Tras la independencia de Texas en 1836, la tensión escaló hasta que Estados
Unidos anexó dicho territorio en 1845. Este acto, sumado a la disputa por los
límites fronterizos —Estados Unidos reclamaba hasta el Río Bravo y México hasta
el Río Nueces—, desencadenó la Guerra México-Estadounidense en 1846.
La guerra fue devastadora para México, que se encontraba debilitado por
conflictos internos y falta de recursos. El ejército estadounidense invadió por
diversos frentes, llegando a ocupar la Ciudad de México en 1847.
El conflicto terminó con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo
en 1848, mediante el cual México se vio obligado a ceder más de la
mitad de su territorio, incluyendo lo que hoy son California, Arizona, Nuevo
México, Nevada y Utah.
Este periodo dejó una huella profunda de desconfianza en la memoria
colectiva de México. Incluso después de la guerra, en 1853, el gobierno
mexicano vendió el territorio de La Mesilla bajo presión y necesidad económica,
lo que fue visto por muchos como otra pérdida del patrimonio nacional.
Aunque hoy el expansionismo ya no es territorial, persisten rastros de esa
actitud de superioridad en las negociaciones modernas, donde Estados Unidos
utiliza su poder económico para imponer su agenda política e ideológica.
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